"El Librero de Kabul"

Rosa Mª León Llamas. Asesora del CEP Osuna-Écija. Osuna (Sevilla).
(Publicado el 01/09/09)

           La desaparición de la antigua biblioteca de Alejandría puede ser considerada como la mayor catástrofe acontecida en el mundo bibliotecario. Sin embargo, a lo largo de la Historia muchas han sido las bibliotecas que han desaparecido junto con sus libros. Aunque las circunstancias de la desaparición de la biblioteca de Alejandría todavía no están del todo  claras, muchas bibliotecas han ido desapareciendo por decadencia, incendios o simplemente por el efecto de las bombas o por los saqueos de los soldados conquistadores.

            Más recientemente, en la década de los años 30, también tenemos ejemplos de este tipo de destrucción, durante la Guerra Civil Española o con  el bibliocausto nazi y las bibliotecas bombardeadas durante la Segunda Guerra Mundial.

            Centrándonos en Afganistán, lugar donde transcurre la historia de Seierstad, hay un rasgo común en las tres tiranías que han dominado la sociedad afgana: la de los mongoles, la de los comunistas y la de los talibanes y es sin duda, el odio a la cultura y su destrucción sistemática.

            En 1258, el  rey mongol Hulagu arrojó al río Tigris cerca de 400.000 libros.

            Durante el gobierno comunista, una montaña de libros de la biblioteca de la Universidad de Kabul, juzgada “burguesa” o “capitalista” por el Partido Democrático, fue amontonada y destruida y en la imposibilidad de destruir todos los libros, se procedió a guardarlos bajo llave y dejar que se enmohecieran en sótanos.

            Con la instauración del Gobierno islámico y la llegada al poder de los talibanes en 1996, toda expresión cultural fue aniquilada por completo. El Partido Democrático aceptaba, por lo menos, la existencia del arte y de la literatura “socialistas”; los majuhiddines y los talibanes suprimieron todo. Pues “Dios no acepta a los pintores y los dibujantes y previene al profeta contra los poetas y los imaginativos”.

            En 2001 tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, una coalición internacional invadió el país y derribó el régimen talibán.

            Los talibanes eran estudiantes religiosos que comenzaron su carrera al poder desde el exilio, en Pakistán. En apenas dos años, llegaron a Kabul, controlando cuatro quintas partes del país e imponiendo la ley islámica más rígida en todas las áreas que gobernaban. Llegados a la capital, se encontraron con lo que más odio les suscitaba: mujeres modernas. Esto desató una dura represión islámica.

            Las mujeres perdieron sus derechos. Los talibanes comenzaron de inmediato a aplicar su propia versión de la Sharia,  las escuelas de niñas fueron cerradas y se expulsó a todas las mujeres, tanto alumnas como maestras de los colegios mixtos. El Estado, que empleaba miles de mujeres, las despidió a todas, y una ley prohibió a las mujeres ganarse la vida fuera del hogar. La misma ley impuso la decapitación para los criminales, la muerte por lapidación  para los adúlteros y por la espada para las mujeres infieles.

            En el prólogo del libro, Seierstad explica que conoció a Sultán Khan –“un hombre elegante y canoso”, un “curioso librero, un patriota afgano a menudo frustrado por su país” – al llegar a Kabul en noviembre de 2001, después de la caída de los talibanes. Éste le contó que primero los comunistas le quemaron los libros, luego los muyahidin saquearon su librería y, finalmente, los talibanes volvieron a convertir sus obras en pasto de las llamas. Sultán vivió en carne propia la represión y el horror de las guerras y fue encarcelado dos veces por su empeño de salvaguardar la historia del país contenida en los libros: “Intentaba explicarles que era importante guardar libros sobre la historia del país y que algún día ellos mismos los necesitarían… pero no me hicieron caso y me  llevaron a la cárcel”            

            A pesar de que gracias a él se conservaron muchos ejemplares, el librero relata con dolor los bibliocidios que llevaron a cabo los talibanes, quemando a la puerta de su librería todos los libros que encontraban en su tienda: “Perdí libros únicos y muy antiguos”.
            Obligado a huir a Pakistán, el librero gestionaba desde la distancia su librería y acudía de vez en cuando a Kabul, para con la disculpa de vender "libros permitidos", suministrar a algunos clientes obras clandestinas.

            El libro va presentándonos a los personajes que rodean la figura del librero del que la autora dijo que era un hombre con diversos lados.

            Tras una apariencia liberal del protagonista, existe en la realidad un hombre tradicional de la sociedad afgana, es un patriarca en su hogar, gobernando con mano férrea a las mujeres que viven en su casa, decidiendo por ellas y manteniendo su estatus en la jerarquía familiar. Podríamos creer que un hombre educado, ingeniero de carrera y amante de los libros, también podría ser un defensor de las mujeres, pero no es el caso.

            En el mundo islámico, las mujeres viven contradictoriamente pues, son las reinas del hogar, pero se las encierra entre cuatro paredes, sin educación, independencia o voz propia. Según la Sharia, la ley de Mahoma registrada en el Corán, la mujer no es en absoluto igual al hombre. Ellas son la imagen del alma, mucho más irracionales, frágiles y "proclives a la imaginación" que los hombres, más racionales. El cuerpo de la mujer es considerado "más fluido" y una fuente de tentaciones que se evitan por el aislamiento y el control estricto. En los templos, los afganos escuchan  sermones donde se dice que "la mujer es una flor que debe permanecer en la casa, en agua para que el hombre al volver huela su perfume”.

            “El librero de Kabul” a pesar de ser un betseller, no es una novela al uso, sino más bien, un reportaje novelado con muchos retazos costumbristas.

            Durante los cuatro meses que dura la estancia en casa de la familia de Sultán Khan, la periodista noruega se convierte en testigo directo de la vida cotidiana, su experiencia ha quedado plasmada, en este libro. Asne no nos relata lo que le contaron, lo que vio o experimentó, sino que deja que los protagonistas vivan sus propias historias, aunque, como mujer, no pudo menos que centrarse en las mujeres de la familia del librero.

- IIª ÉPOCA - VOL. IX AÑO MMIX